Ancestras

 

Para poder soltar primero hay que sanar.

Me ha costado mucho tiempo sanar las heridas, y todavía estoy en proceso, de mi niña interior.

Durante mucho tiempo he estado en perpetua lucha y queja con mis ancestras, sobre todo con mi madre.

 La culpaba por su manera de haberme transmitido sus miedos, limitaciones, creencias sobre la vida y el mundo que nos rodea. Buscaba desesperadamente la manera de soltar los patrones que me dejó, sin darme cuenta de que el camino no era la lucha y el enfado, la queja y la reclamación. Si no que el camino para sanar, esas conductas ancladas en mi, siempre estuvieron en el amor y el agradecimiento.

A través del amor he podido reconocer en mi madre el ser maravilloso que hubiera dado su propia vida por mi. Y he empezado a relatarme una historia bien distinta, pudiendo volver a conectarme con su autenticidad, despojándola de todos los velos que cubrían su preciosa esencia.

Mi madre fue una mujer adelantada a su tiempo, que como fémina, me dejo enseñanzas de honrarme como tal, de ser independiente.... 

Reconozco en ella el cansancio y el dolor que le llevaron a cubrirse con máscaras de tristeza, ira, rencor y que la llevaron a sumirse en una depresión.

Llegada a esta edad puedo reconocer en mi dolor su dolor, puedo ver como la tristeza cronificada puede llevarte a dejar de creer en el amor y todo el poder que éste tiene.

Estas líneas quiero que sean el homenaje más precioso que pueda salir de mi hacia ti, mama. Gracias por enseñarme a amar hasta la más pequeña criatura de la tierra, a descubrir el poder de transformación que puede tener el  remover la tierra con tus propias manos y dejar que el aroma a vida llene todo tu ser. Una de las imágenes más bonitas que tengo de mi madre, era levantarme temprano, salir al patio de la casa que teníamos en el pueblo y encontrarla arrodillada entre los rosales sacando las malas hierbas con sus propias manos, removiendo la tierra para que respirara. Recuerdo que le decían que porque no se ponía guantes y ella siempre contestaba que le gustaba sentir la tierra en sus manos.

Me enseñó valores como la lealtad, la honestidad, la empatía, el agradecimiento, la humildad. Recuerda siempre, estés en la posición que estés, de dónde vienes y como has llegado dónde hoy te encuentras.

Mis amigas la recuerdan como una mujer que las escuchaba sin juzgarlas y con la que podían compartir.

Siento mucho que el dolor marchitara esas ganas de cuidar del jardín, tanto sus rosales, como su interior y que el tsunami de la tristeza la arrastrara hacia un pozo del que no supo y no fuimos capaces de sacarla.

Hoy estoy en paz contigo, entiendo cada uno de los patrones que me trasladaste, pero los suelto desde el agradecimiento y el amor, para seguir con una vida que no me arrastre al desconsuelo.

Te quiero infinito y sé que dónde estés el aroma a rosa va a estar contigo.

 

 

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